domingo, 16 de agosto de 2009

Perdí a mi novia en la Puerta de Brandemburgo (VI)


Detrás de nosotros la Puerta de Brandemburgo estaba tapiada por una inmensa publicidad de Samsung.

sábado, 15 de agosto de 2009

Perdí a mi novia en la Puerta de Brandemburgo (III)

Museo del Holocausto. Las piedras mudas lo dicen todo.

Perdí a mi novia en la Puerta de Brandemburgo (II)


En toda la calle no dejan de aparecer las estatuas. Ninguna mira a los paseantes. Todos esos ojos de bronce y granito apelan a un firmamento lleno tambien de dioses muertos. En la gráfica, Carlos Marx mira hacia la Torre de la Televisión con un estusiasmo cansado.

El Ocaso de los Idolos: George Clooney


Yo no me voy a andar con rodeos ni performances literarios. Voy a ser claro. Clarísimo. No me voy a andar con masturbaciones ficticias, porque de qué sirve la literatura si no es para ser honesto, al menos de vez en cuando. (El título de este blog siempre lo he interpretado bajo la idea de que todo lo que aquí se escribe –toda esta reorganización de palabras en textos de cuestionable coherencia– son pura ficción, no porque los textos mismos sean ficción, sino porque las palabras que componen esos textos son ficción. Es decir, son las palabras en sí mismas las que son la verdadera ficción, una gran mentira. Es más, nuestra más grande ficción, como seres humanos, son las palabras. Y como aquí –en este blog, digo–, lo que se hace es escribir… con palabras… pues: Pura Ficción. Pero esta vez no. Esta vez no hay ficción.) Sin embargo, antes de entrar en cuestiones de Clooney, hay tres cosas que quiero mencionar: Lo primero que no puedo dejar pasar por alto, porque es que es imperdonable, es que la lista que pasó la redacción de este blog (publicada en este mismo espacio el 1ero de agosto, y que puedes ver aquí) contiene figuras altamente cuestionables. Por ejemplo: ¿De donde sacó la redacción de este blog que Katie Holmes es actriz? ¿Eso que hace ella es actuar? ¿Sí? ¿Me lo prometen? ¿Y por eso es ídolo? ¿De quién? ¿Por qué? ¿Desde cuándo? ¿Quién se hace la paja en nombre de Katie Holmes? Y estas mismas preguntas se pueden hacer de algunos otros mencionados en esa lista. Lo segundo que quiero mencionar está estrechamente relacionado al punto anterior, y es que en la susodicha lista brillan por su ausencia unos verdaderos ídolos. Coño, o sea, pero unos ídolos de verdad. ¿Qué hay de Cate Blanchett, o Sam Rockwell, o Uma Thurman o Philip Seymour Hoffman, o Kate Winslet, o Johnny Depp? ¿Qué hay de Clooney? Como se darán cuenta, en resistencia a la lista original de la redacción, yo decidí escribir sobre Clooney. Aunque lo hago ahora con un poco de arrepentimiento. Que ¿por qué? Sigan leyendo. Lo último que tengo mencionar es un punto un poco más filosófico, y está relacionado a la naturaleza de los “ídolos” mismos que conforman la lista. En el correo original que mandó la redacción se planteaba la pregunta general de qué pasó con todos estos actores. ¿Cómo es que comenzaron siendo indies y terminaron siendo figuras de culto? (Cosa que, como la redacción misma aceptó, no es el caso de todos.) ¿Cómo es que ninguno de ellos es, o fue, un ídolo de verdad? Es decir, un ídolo a lo Robert De Niro, o a lo Al Pacino, o a lo Jack Nicholson, o a lo Marlon Brando, o a lo Humphrey Bogart, o a lo Ava Gardner, o a lo Katharine Hepburn. El problema, amigos, no es que nuestros ídolos no son ídolos porque sean malos (aunque muchos lo son, y no por ello dejan de ser “idolos”); ni tampoco porque son demasiados, lo cual sugeriría que en un mar de ídolos se pierde el brillo de los mismos; tampoco es culpa de la industria, que los obliga a rebajarse a uno o dos escalafones más abajo del pico de la montaña donde se sientan los ídolos. No. La culpa es nuestra. Nosotros los espectadores. El público. Sí, nosotros. Los que nos masturbamos al ritmo de sueños alquilados. Sí. Somos nosotros los que rebajamos a nuestros ídolos. Somos nosotros lo que toleramos su mediocridad. Somos nosotros los que aceptamos que se casen con Katie Holmes; o que se deshagan de Uma Thurman; o que actúen bien en una sola película (Clooney: O Brother, Where Art Thou?; Ed Norton: Fight Club); o peor aún, que actúen siempre igual (Matt Damon, Wynona Ryder, Christina Ricci, Owen Wilson); o que no actúen para nada (Katie Holmes, Katie Holmes, Katie Holmes); o que se muden para Francia (Johnny Depp); o que simplemente se mueran porque ya no les queda nada mejor que hacer (Heath Ledger). Somos nosotros, este mar de mierda que somos los fanáticos y espectadores y perseguidores de sueños alquilados, los que tenemos de ídolos a unas pobres moscas. Pero suficiente de eso. Ahora: Clooney.

¿Quién es, entonces, este tal George Clooney? Otro ídolo mediocre, ¿o no? Tú, o yo, o el tipo de más allá, todos hemos podido haber sido Clooney. Quizá. Pero solo quizá. Porque lo primero que debe quedar claro es que Clooney no nació en alguna esquina del tercer mundo latinoamericano, ni habla español. Clooney nació en Lexington, Kentucky, en un círculo familiar que era parte de la televisión norteamericana, así que ya estaba listo para el sancocho hollywoodense desde que salio de entre las piernas de su madre. Su papá era periodista y presentador en la tele, y su mamá era una miss-algo de por allá. Y sin embargo Clooney, con esa estrella encima, lo que quería ser era jugador profesional de pelota. De haber nacido en Venezuela o en Cuba o en la República Dominicana, quizá hubiese sido un ídolo en la Serie del Caribe. Pero solo quizá. Después de intentar jugar a la pelota, e intentar ir a la universidad, Clooney por fin se dio cuenta de que lo que le tocaba en la vida era estar frente a una cámara, y en 1984 aparece en una comedia de tele llamada E/R, que no debe ser confundida con la serie que luego lo lanzó a la fama: ER. (La diferencia entre las dos series es una barra en el nombre y un soundtrack de risas.) En 1985 apreció en… Coño, pero para qué seguir el progreso de un ídolo que brilla por una razón distinta de la del esfuerzo de su trabajo y su trayectoria. Permítanme, entonces, ir directo al grano.

Yo no voy a decir que Clooney es mal actor. No. Pero tampoco voy a decir que el tipo es bueno. Tampoco le voy a quitar su estatus de ídolo, o “ídolo”. Y lo que es más, voy a confesar que a mi me encanta el tal Clooney. Su mejor actuación la podemos ver en cada uno de los episodios de ER (la serie dramática, no la comedia), y luego en O Brother, Where Art Thou? Pana, el tipo se la comió en ese papel. Sucio, mal parecido, con un bigotito de hipster de Williamsburg o Berlín que nos recuerdan a los años de oro de la pornografía, con un acento entre sureño y del midwest de los EEUU, con una diarrea verbal que dispara cuarenta palabras por segundo, y sobre todo con el pelo siempre engominado con una vaina que parecía mermelada vaginal y que se llamaba Dapper Dan. Lo que hizo bien Clooney en esa película fue, por su puesto, lo que no hizo bien en ninguna otra. En otras palabras, lo que hizo Clooney en O Brother fue no ser él mismo, que viene a ser el meollo de lo que es una buena actuación. Pero la ventaja que tiene Clooney –y por esto, que no quede duda, es que es un ídolo–, es que el tipo está de lo más chévere. Y aunque Clooney no es particularmente bien parecido –no, por ejemplo, como lo son Brad Pitt o Tom Cruise–, hay que admitir que el tipo tiene algo. Tiene algo en los ojos, y en la boca, y en ese pelito de astroboy, y en su postura, y en su aura general, y en la voz, pero sobre todo en como se lleva por la vida, que es como si supiera siempre con demasiada seguridad lo que está haciendo, que lo sabe todo. Tiene algo todo él tiene algo… Tiene algo, lo confieso, que me dan ganas de ser marico. Pero no lo soy, ojo. Pero no puedo negar que cuando veo a Clooney me dan ganas de meterle a la mariquera. Y es por eso, por esa capacidad de hasta despertarle la mariquera al hombre más heterosexual, que Clooney es un ídolo. (O sea, algo debe tener el tipo, porque ha sido uno de los dos únicos hombres que han sido seleccionados dos veces por People Magazine como los hombres mas sexy del año. ¿Saber eso es de maricos?) Pero aparte de eso no queda más nada. Porque vamos a ser francos, Clooney siempre hace de él mismo en casi todas las películas que ha hecho. Todas son lo mismo, menos O Brother. Bueno, Syriana quizá se salva también. Pero no hay manera de negar que Clooney siempre hace de un tipo cool, relajado, cómico, bien parecido, descomprometido con el mundo, que está como le da la gana, que todo el mundo lo quiere (chicas y chicos por igual), y que al final de la noche se lleva a la única mujer que sale en toda la película para la casa. Yo sé que eso es una generalización, pero váyanse a la mierda, porque saben que hay algo de verdad en lo que estoy diciendo. Y siendo así el estado de las cosas, Clooney es uno más de esos ídolos mediocres que nosotros aceptamos que sean mediocres. Todo, al final, es culpa nuestra.

Sin embargo –y este ‘sin embargo’ es grandísimo–, hay algo que sí salva a Clooney de nuestra idolatría mediocre o de nuestra mediocridad idólatra (¿hay una diferencia?), digo, a parte de su desorbitante atractivo sexual que despierta en mi una mariquera incontrolable. Lo que salva a Clooney de nuestra idolatría mediocre o nuestra mediocridad idólatra es que el tipo resulta ser buen director. Sí, es verdad que Clooney sólo ha dirigido dos películas, pero en ambas ocasiones lo ha hecho sorprendentemente bien. Good Night, and Good Luck, déjense de imbecilidades burguesas encubiertas en estupideces proletarias y vice versa, es una buena película. No es una maravilla. No es 2001: A Space Odessy o Being John Malkovich. Pero está bien dirigida. Se deja ver dos o tres veces. O sea, muy bien dirigida. Y Confesions of a Dangerous Mind, la primera en orden cronológico de las dos películas dirigidas por Clooney, es aún mejor. Claro, el guión es de Charlie Kaufmann, que es lo mejor que tiene Hollywood ahorita en términos de guionistas. Pero la película también está muy, pero muy bien dirigida. Se deja ver unas cinco o seis veces. Claro, no tengo muchos argumentos para apoyar mis desinfladas opiniones. Pero véanlas y sabrán de lo que hablo. Cierto, son solo dos películas, pero eso es suficiente. Suficiente para hacer a Clooney un ídolo. ¿Y por qué? Bueno, porque Clooney es bello. Y a la gente bella se le acepta cualquier cosa. Creo que mis argumentos son circulares. No sé. ¿No les parece? Igual, todo sigue siendo culpa nuestra.

Bueno, la cosa es que al final yo realmente no tengo nada que decir sobre Clooney. Nada muy profundo, ni nada realmente creativo. Pero sí tengo una confesión. Y es por eso, creo, que escribí todo lo anterior. A veces por las noches, en esas noches largas y tristes e insomnes y solitarias, pero sobre todo insomnes, en las que no hay nada que hacer, ni nada que comer, ni a quién cojer, me pongo a ver O Brother, Where Art Thou?... y me masturbo. Sí. Me masturbo. Me masturbo viendo a Clooney. Pero no soy marico. Me masturbo por dos horas. De verdad. Me masturbo viendo a Clooney con su bigotico y su peinado Dapper Dan. Y hago todo esto sin ser marico. Lo hago. Sí. Lo hago… Sin la mariquera. Bueno, quizá un poquito. O sea, lo hago pensando en Kate Winslet, o en Cate Blanchett, o en Kristen Dunst, o en las tres juntas… pero lo hago viendo a Clooney… me masturbo viendo a mi ídolo.

Perdí a mi novia en la Puerta de Brandemburgo (I)


Anoche soñé que me casaba con Bertín Osborne. Conocía a su familia -en este caso, mi familia política, y de todos estos, mis únicos contemporaneos eran sus nietos. E. me preguntó si Bertín cantó en nuestra boda. Yo creo que no.
Me hubiera gustado casarme -en el sueño- con Armando Reverón. De seguro, esta dieta de viajera, tiró por el suelo la calidad de mis infidelidades oníricas.

lunes, 10 de agosto de 2009

Este blog debería llamarse Ego (XXIII)


Foto: Ednodio Quintero

Uruguayo Utópicos : Elizondo


"Veo que la empleada me espera con la cámara en alto. Estoy a punto de hacer fracasar todo, lo sé y no puedo detenerme. Lo sé tanto como Elizondo supo que Zidane se iría. Camino despacio hacia la jaula, y cuando estoy llegando me adelanto con dos trancos rápidos. El resultado es que los loros se asustan. Saltan para todos lados y profieren los gritos más desgarradores. Veo a la empleada tomarse la cabeza con las manos, mi cámara junto a su cabello. Por entre los arbustos se asoman los novelistas que estaban conversando. Creo que lo eché todo a perder y me voy. Mientras me alejo sigo oyendo las voces inconexas de las guacamayas, como si trataran de decirse que no entienden. Ahora debo esperar ya otra cosa antes que el tucán: que la empleada me devuelva la cámara. Y cosa rara, veo, algo que contrasta con su presencia medio borrosa a lo largo del evento, veo a Vila-Matas asomarse por una pared del pasillo descendente, como si estuviera husmeando, no del todo desapercibido bajo su acostumbrada ropa oscura.

Después me dirá que trataba de salirle al paso a Elizondo. El presidente del encuentro, un destacado novelista venezolano, le ha dicho que a esa hora el juez regresa de sus ejercicios respiratorios. Va a salirle al paso y van a conversar. Vila-Matas está distendido, ha desaparecido el rictus de fatiga que cruzaba su rostro cuando no era seguro que pudiera ver al juez. Después me dice que han conversado durante un rato y que Elizondo ha respondido a sus preguntas con comentarios sobre ellas. La primera pregunta que Vila-Matas le hace es sobre lo que sintió cuando expulsó a Zidane. Antes de responder, Elizondo le dice que eso se lo preguntó mucha gente. Con las otras preguntas es igual, lo mismo con las premisas de Vila-Matas: Elizondo va a considerar que se trata de preguntas o pensamientos frecuentes. Sé que a Vila-Matas no le preocupa ser original, no en este caso por lo menos; pero alcanzo a intuir que se siente triste de haber quizá defraudado a Elizondo con preguntas ya formuladas infinidad de veces, no precisamente propias de un escritor consagrado. Sus ojos ya no se mueven queriendo observarlo todo, sino que se mantienen fijos en un vacío cercano.

Ahora es de mañana y me dirijo hacia la sala de conferencias. He recuperado mi cámara de fotos, pero no he vuelto a ver a la empleada ni a los loros. Tampoco los escucho. En el desayuno, quizá por la ausencia de sus voces no puedo dejar de pensar en ellos, en dónde estarán. Este pensamiento me mortifica. El novelista advierte mi tristeza, pero no imagina el motivo y trata de desentenderse. Y como él no está mucho mejor que yo, permanecemos durante toda la comida en silencio, prestándonos la colaboración de las cucharitas y el café, o de un vaso con agua, o de la vianda para después, como si fuéramos viejitos en una residencia.

Me dirijo entonces a la sala de conferencias. Para ello debo pasar por la recepción del hotel. Veo que hay un grupo de personas en la entrada (una entrada ancha y espaciosa, con una rampa curva para los autos) y que de allí alguien me llama con las manos. Se trata de un grupo de novelistas y críticos que están alrededor del juez Elizondo. Lo encontraron justo cuando iba a dar su clase matutina y quieren sacarse una foto con él. Me piden que me sume al grupo y me presentan como un novelista argentino. Elizondo me mira y me palmea el hombro; sé que me tratará distinto. Ni mejor ni peor, sólo con más confianza.

La foto se demora. Quien intenta tomarla es el presidente del evento. Se pone frente a nosotros pero la cámara no le funciona. Elizondo se impacienta. Para distraerlo le digo que está rodeado de escritores. Me dice que él también escribe. Le pregunto qué tipo de cosas escribe. Contesta diciendo que escribe novelas, cuentos y también poemas. No lo puedo creer, pero justo cuando trato de encontrar una forma de expresar mis dudas sin ser descortés, acota que está por publicar un libro de poemas y que tiene dos novelas inéditas. En un momento se interrumpe y exclama: “Qué pasa con la foto, muchachos”. Por suerte está presente Anabella, una novelista de Caracas que nunca se desprende de su celular de última generación. Avanza al frente y está por sacar la foto, aunque al costo de no aparecer; al contrario del presidente. Me pesa el silencio con Elizondo. Sé que una forma de buscar conversación entre escritores es preguntar sobre los autores preferidos. Y lo hago. Me dice que le gustan Eduardo Galeano y Mario Benedetti. Le pregunto si prefiere algún otro uruguayo, o si prefiere a los escritores uruguayos en general, por sobre todo el resto. Y me contesta también de manera elusiva. Me dice que los argentinos queremos mucho a los uruguayos. Justo en ese momento Anabella saca la foto. El teléfono apenas se distingue en su mano. Me siento tentado de explicarle a Elizondo mi teoría sobre la admiración argentina hacia el Uruguay, pero sé que no es tema para este momento. Y aparte él ya se está despidiendo. Su curso no puede esperar.

El evento de escritores se deshilacha. Son las horas finales, hay gente que se despide, los desayunos merman. Cada enésima pregunta sobre el día de partida o el próximo itinerario de cada uno es un fleco más que se le abre a esta cortina maciza de mesas de discusión continuadas. Hay novelistas que me preguntan lo mismo dos o tres veces por día. En ocasiones trato de contestar diferente, como para ponerlos a prueba y ver si han olvidado mi anterior respuesta o si lo hacen para hablar de algo –algo que siempre será breve. Veo a Vila-Matas desayunando y me acerco a contarle que hablé con Elizondo. Me acerco y se lo digo al oído aunque esté, como siempre, solo en su mesa. Esto de decir las cosas en confidencia lo he aprendido de mi colega y me asombra haberlo adoptado sin darme cuenta. Pero es cierto que lo dicho de este modo adquiere una consistencia particular. La reacción de Vila-Matas no se hace esperar. Me mira a los ojos, creo que es la primera vez que lo hace, y me dice “¿Ah sí?” Asiento sin palabras. Le comento que me ha contado que escribe, y que adora a Galeano y a Benedetti. No puedo decir que Vila-Matas haya esperado escuchar otra cosa –en realidad eso no lo puedo decir de nadie— pero sé que al oír estos nombres se dibuja en su rostro una sonrisa de tranquilidad."


De Sergio Chejfec, en parabola-anterior.blogspot.com/

domingo, 9 de agosto de 2009

Literatura Nazi en América Latina : Isla Chacao


"

Anti-oda al parquero

Oh, tú, parquero de restaurante
Que ubicas en algún lugar el carro que tanto estorba mientras a la vez alguien ubica una mesa
Oh, tú, ocupante de aceras pintadas de amarillo
Oh, tú, ocupante de esquinas y rayados
Cómo pienso en ti cuando frente a Friday’s trancas la segunda avenida que atraviesa el municipio
Cómo pienso en ti, parquero, cuando me pasas por al lado comiéndote el semáforo o acelerando dentro de un estacionamiento
Oh, parquero, parquerito
Cómo me obligo a pensar que tú también tienes que llevar plata para la casa y que quién sabe dónde vives
Pero cómo me viene a mi mente burguesa lo que,
imagino,
no sé,
debes sentir
cada noche, manejando naves ajenas, conociéndolas
abriéndole la puerta a mujeres que no puedes tocar
escuchando discos que no son tuyos
descargando tu cuerpo apurado sobre el hueco que dejó un cuerpo más tranquilo
sé que no siempre eres el mismo, que no todos tus colegas son iguales
sé que el viejo parquero con chaleco y canas no es el mismo de uniforme negro que ha visto demasiadas veces Rápido y furioso
pero
parquero, parquerito
coño
cómo pienso en ti
en qué sientes al volante de esos carros que te ponen en las manos
en qué pasaría si los chocas
en qué pasaría si atropellas a alguno de nosotros
y pienso
entonces
que no te pasará nada
que eres invencible
aunque no votes por ellos
aunque no votes
eres invencible
eres uno más que juega con lo que no es suyo
y que odia, según parece, lo que no es suyo
oh, tú, parquero
eres un signo más de la ciudad que tenemos
de por qué tenemos la ciudad que tenemos
-roc "




En islachacao.blogspot.com/



Párquero: Voz popular que identifica al empleado informal encargado de parquear (estacionar) los automóviles de quienes acceden a servicios de restaurantes ó bares.

sábado, 8 de agosto de 2009

El Catalán Errante : Rubias otra vez


La rubia del cuento hace 20 años que no ve a Joao. La última vez estaban en New York, estudiando cine, filmando películas escatológicas. Pero Joao no sólo afirma haberle conseguido un piso céntrico y con vistas sino que va a venir a recogernos al aeropuerto. Yo no digo nada, no tengo motivos para dudar de él y mucho menos cuando veo que nos lleva hacia un Volkswagen Golf descapotable, de los antiguos, con el que vamos a llegar a Lisboa en el mejor "vaporetto style", o sea por todo lo alto. Joao está inquieto. Está esperando la llamada de su abogado. Está pendiente de un juicio que para él es fundamental. Se trata de recuperar los derechos de autor de un guión que lleva años escribiendo y que un malvado productor quiere apropiarse por la cara. Eso no se hace. Y menos a nuestro amigo Joao, que a mí, no sé por qué, me recuerda a Ray Liotta en Goodfellas, "Uno de los nuestros" se llamó en España, cuando tiene que preparar la pasta al mismo tiempo que salir a recoger una entrega de perico, todo esto con los helicópteros del FBI sobrevolando su espacio aéreo vital. Sin tanto espectáculo, Joao está en lo mismo. Tiene varias misiones que cumplir. Y nosotros con él. La primera, pasar por casa a ver a su mujer y a su orquesta de perros. Él lo admite. Tener cuatro perros en casa es una locura. Pero cuando conoció a su mujer, ya tenía dos. La tercera no acierto a adivinar de donde sale pero la cuarta la rescataron de la calle. Nos recibe un concierto de ladridos que no se detiene hasta que Joao no abre la puerta del jardín. Somos recibidos con gran alborozo por los cuatro perros que saltan, corretean, ladran, alrededor de nosotros en una improvisada coreografía que ya les gustaría programar en el Mercat de les Flors. Una locura, está claro. Su mujer no puede acompañarnos a donde sea que vayamos ahora y se despide de nosotros. Vamos a por hachís, segunda misión. Recogemos a una amiga que nos conduce a un edificio en donde ella se encarga del intercambio comercial. País de comerciantes Portugal. Con nuestras tabletas en el bolsillo, tercera misión, nos dirigimos a la playa. Joao nos ha prometido una sardinada al lado del mar y ésas son la clase de promesas que nos gusta que se cumplan. Cruzamos el puente sobre el Tajo, que en portugués es el Tejo, y nos desviamos en la primera salida. Al fondo a la derecha. Rumbo a Fonte de Telha. Llegamos a un pintoresco restaurante en la misma arena. El retiro del pescador se llama. Sardinas y ensalada. Joao nos cuenta su teoría sobre la razón por la cuál la cocina portuguesa, a pesar de su indudable calidad, no triunfa internacionalmente. Es por su mala presentación. Para muestra está ensalada mixta, explica serio, en donde los pimientos están colocados encima de una manera tan poco creativa. También nos enteramos de que Portugal es el segundo país que come más pescado y que un buen trabajo, al que tal vez Joao se dedique si no gana el juicio por los derechos de su guión, consiste en visitar los países nórdicos para convencerles de que coman más, pescado claro. Apasionante sin duda. La rubia del cuento afirma que ésa es la razón por la que los portugueses son tan tranquilos, tan pacíficos, tan tristes también, añado yo. Es la falta de carne, que les priva de esos ácidos que nos provocan la mala leche a los consumidores de carne. De postre melón y de digestivo una especie de orujo demasiado fuerte para mi paladar. Siesta en la playa hasta que el viento del Atlántico nos obliga a recogernos. Tener frío en pleno mes de julio no es algo que vayamos a aceptar de buenas a primeras. Por fortuna Joao lo tiene previsto y nos presentamos en una urbanización cercana extrañamente tranquila. Ahí nos instalamos en la piscina de Nuno, un amigo de infancia de Joao que según parece no está muy por la labor de someterse a la rutina capitalista y que vive encerrado en su apartamento de la costa y sólo poderosas razones, como la avería de su televisor, consiguen sacarlo de casa. Hasta la vista baby. De regreso para Lisboa con viento fresco y velocidad variable, la que tenemos que mantener ante el importante atasco en la autopista. La rubia del cuento maneja con soltura y acabamos llegando al centro antes de lo previsto. Aparcamos en cualquier lugar y nos tomamos, porque es típico, un licor llamado ginginha que en su época de esplendor, los años veinte, ganaba premios en concursos de licores, pero que ahora, en pleno siglo XXI, queda como una reminiscencia obsoleta de otra época. Mientras nos lo bebemos, en un local minúsculo, Joao nos mira como pensando, esto es lo que hay, es lo típico. Acabamos nuestro primer día en Lisboa en la plaza del príncipe con una buena cerveza local. Gracias Joao. Te queremos.

viernes, 7 de agosto de 2009

El Ocaso de los Idolos : Kirsten Dunst


Ella pudo haber estudiado conmigo en el “Ramón García de Sena” el GULAG educativo donde pasé mi infernal y etílica adolescencia. Ella pudo haber estado en la banda show (la versión extendida de las cheerleaders, con banda de guerra, uniformes ridículos y todo) y nada, la chica popular que todas quieren como amiga y de las que todos se enamoran.

Claro, ella también es una vampiresa de once años. El favor se lo hizo Lestat (Tom Cruise, en Entrevista con el vampiro) ella dice “quiero más” justo cuando se ha chupado la sangre de algún desgraciado. Esa ansia se desenfrena y se jode todo cuando advierte la maldición de la inmortalidad: no crece.

Y es que su problema es que se quedó a mitad de camino: ni niña ni mujer, quedarse en una encrucijada es una mierda y ella se da cuenta de que será así para siempre. Ahora ansía morirse, crecer, ser una mujer…escapa y termina matando a Lestat.

O eso creyó, y también pensó que podía tener una madre y se hizo su vampira madre y ambas murieron carbonizadas por el sol. Dunst entendió bien el juego: el mundo de los adultos y el de los chicos no se mezclan ni de vainas.

Por eso toda su vida ha actuado según su temporalidad: de carajita, actuó de carajita, de adolescente, de adolescente, y ahora, de adulta joven. Ella actúa su ficción bajo la temporalidad de la sangre: sus papeles son de un presente absoluto.

Pareciera que siempre ha estado allí, que ese personaje que representa fue captado por la cámara durante el tiempo de la peli y luego, sigue con su existencia. El truco es que como actriz capta el espacio y el tiempo de sus personajes, entendiendo la esencia de la vaina, justamente porque está en sintonía con ellos, está en el mismo timing que ellos: interpreta a chicas como ella o parecidas a ella o a sus amiguitas.

Algo de su lifetime fílmico: su primera peli fue una verdadera ópera prima: Historias de New York, bajo la égida de los Ford Coppola y Woody Allen. Allí es una niña, enredada en el mundo sicótico de los adultos neoyorquinos divorciados (del mundo, inclusive).

Luego es una niña crecidita y aburrida que encuentra un juego sicodélico, muy propio de una peli de Cronenberg, que se llama Jumanji. En esta peli actúa con Robin Williams, que es de un actor-puta que sale en todas partes, y te conviene salir con él si quieres meterte en el medio como es debido.

Entonces en Jumanji esta niña aburrida que se queda sola en su casa con su hermanito, ricos ellos, pobrecitos, están aburridísimos. El juego trae a Williams a la realidad ya que el juego se lo tragó y termina la vaina y todos felices.

Llega a su preadolescencia y comienza la prepa (o sea, el liceo) y nada, tiene su noviecito que sigue instalado en su mundo infantil de juegos con juguetes. Pequeños guerreros es una peli balurda, pero Dunst cumple su papel de la carajita fiel a su noviecito y nunca se dan ni un piquito; pero sí está con {el hasta el final.

Luego, viene otra peli adolescente donde definitivamente Dunst se la juega en arte y vida. Fifteen and pregnant. Aquí, es ya una adolescente de 15, que anda en lo suyo de la escuela y los chamos y el novio.

La mamá anda preocupada ante la ola de preñez infantil y habla con su hija, lo cual no sirve de mucho porque luego se entera de que la chama está preñadísima de su novio y nada, toca bregar con el chamo ya que deciden no abortar, lo cual es de pinga, el maltripeo vino cuando la chama descubre que su novio anda con otra jeva ya nada, maltripea porque sabe que ese hijo de puta no va a ser el papá de su hijo.

“el esperma no te da mucho derecho” dice el papá de la Dunst cuando llega el chamo con su novia y lo manda a la sala de espera. El chamo nace y le ponen el nombre del abuelo. Y nada, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Dunst, hasta donde sabemos, no pasó por eso, pero quizás sí una de sus amigas.

Al año siguiente se lanza la que es su mejor peli: Vírgenes suicidas. Una de las hermanas Lisbon, la que está más buena, la que al final, no muere virgen, la que antes de matarse decide acostarse con un poco de chamos, luego de perder la virignidad con su primer novio.

Las Lisbon se suicidan porque están marchitas, porque están encerradas en un palacio suburbano, porque nos chicos del frente las aman pero no pueden liberarlas. Se matan porque les cortan su árbol predilecto. Se matan porque son rubias pero no pueden vivir como tales, no pueden ser estúpidas o no pueden pelear que les reconozcan su inteligencia a pesar de su belleza. Las Lisbon son unas fantasmas que un día deciden evaporarse, para siempre. Ya Dunst no será la figura que siempre se ve, a la que se sube al techo para tirar con el chamo de turno. No. Ella prende el motor del carro, se fuma un cigarro y se envenena con el dióxido de carbono, a medida que sus otras hermanas se suicidan también y los chamos que pensaron que esa noche percutarían, en cambio, las encuentran, difuminadas, ya.

Luego, ella se da con todo en el mundo adolescente, como estudiante consumidora de drogas pero tipo galla: Crazy/beatiful, y como porrista y como jovencita en vacaciones aventureras. Luego, el salto: La sonrisa de la monalisa, donde ya es adulta joven, y nada, tiene que joderse en la uni donde ya no es como en el liceo, que siempre viene alguien a salvarte el culo.

Coño, Spiderman, lo único que se puede decir que interpreta el difícil papel de la novia de un marico.

En Eternal Sunshine of the Spotless Mind se da con furia, la vemos en pantaletas y tripeamos, claro, Winslet actúa mejor que ella y Ruffalo le da clases de cómo lucirse en la pantalla, mientras descansan antes del próximo polvo.

Para terminar, basta decir que ella cumple un requisito exquisito: la vemos de tenista. De las buenas que están buenas. Las tenistas son diosas, y ella hace algo interesante: cae, pierde; pero ayuda a un héroe en decadencia a dar su último y triunfal golpe y luego, a vivir felices por siempre.

Porque eso es ella, una chica común y corriente, que le quiere poner ganas a la vaina y no se anda en una de intensidades ni quiere ser más inteligente o bella de lo que es. Simplemente, ella va a su ritmo, si no te la calas, búscate otra peli.

Literatura Doméstica





Ertfg <<<<<


please, dejame la peli de viaje a darjeling sobre el escritorio que la necesito mañana.
Un abrazo




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Tómala. Está en la gaveta debajo de la tele. Ando fuera de casa y medio zombie. Llego mañana, posiblemente.

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Cool, ya la tomé.
Porfa bro, vengo llegando a casa y hay platos sucios desde anoche que no son míos ni de Hgj. De verdad es importante que se laven los platos luego de comer para que el que sigue no se consiga con tener que lavar las cosas en la cocina sobre una pila de platos sucios. Ya esta mañana tuve que usar y limpiar sobre todo lo que aun sigue ahí, igual ahora. Si hubiera más espacio no tendría peo, pero la verdad no lo hay. Si yo soy capaz de cocinar y preparar vainas y dejar todo limpio creo que todos podemos hacerlo. (que un día pase un imprevisto y alguno salga de casa sin lavar los platos es entendible, pero se está haciendo costumbre)
Please.
Abrazo

jueves, 6 de agosto de 2009

El Ocaso de los Idolos : Kiefer Sutherland


Lo mejor que puedo decir de Kiefer Sutherland es que me daba miedo.
Me daba miedo desde sus inicios, cuando metido en la piel de aquel matón de medio pelo de la película Cuenta conmigo (Stand By Me, 1986) se deleitaba intimidando a Will Wheaton, Corey Feldman, River Phoenix y Jerry O'Connel, cuatro de los muchachos más majos y simpáticos que uno pueda echarse a la cara, y que sin embargo tenían que vérselas con aquel rubito de ojos diabólicos que bien podría haber llevado un cartel que dijera “soy un hijo de puta integral” colgad del cuello. Esta habilidad nata le venía sin duda por los genes, ya que su padre, Donald Sutherland, se ha labrado una carrera como uno de esos secundarios de lujo expertos en el papel del frío y distante villano a quien no le confiaríamos nada. El hijo, sin embargo, es un peligro suelto.
Así que imagínense ahora a este pequeño renacuajo que yo era observando aquel despliegue de maldad en pantalla. El embelesamiento era inmediato; yo quería ser como Kiefer Sutherland, y por eso le odiaba.
Tan ambivalente relación no podía ser fruto exclusivo de mis paranoias infantiles. Alguien debió haberse dado cuenta allá en el Olimpo hollywoodense, porque el amigo Kiefer alcanzó la cumbre del hijoputismo en Jóvenes ocultos (The Lost Boys, 1987) terminando de coronar un sitio de honor en el ranking mundial de la maldad. En una época como esta, en la que los vampiros han sido heridos de muerte en su honor por esa masturbación colectiva de niñas preadolescentes con la saga de “Crepúsculo”, se hace necesario volver a esta película para que Kiefer nos recuerde que los vampiros son ante todo monstruos que deben causar en los niños pesadillas, no suspiros. El David del amigo K era para entonces la perfecta encarnación de aquel compañero de colegio que pedías a Dios no encontrarte a la salida, mucho menos si ibas solo; un ser abominable, cruel y desgraciado, pero que se veía bien porque, a diferencia de mí, vestía buena ropa, iba en moto y tenía novia.
Y además escuchaba “The Doors”, coño.
Confieso que nunca fui demasiado fan de sus apariciones como héroe en películas como Jóvenes pistoleros (Young Guns, 1988) o Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, 1993). En ambas Kiefer luce incómodo, como si aquello de ayudar y salvar a la gente fuese una traición a sus ideales más profundos. Yo compartía su sufrimiento, y todavía recuerdo las lágrimas que me hizo derramar su actuación en Línea mortal (Flatliners, 1990) al cumplir lo que ha sido mi sueño y el de muchos cinéfilos: matar a Julia Roberts (y luego revivirla porque sí, porque puede). De allí Kiefer recupera el buen paso y nos ofrece más de su repelente maldad en el cine: Autopista (Freeway, 1996), Ojo por ojo (Eye For an Eye, 1996) y Tiempo de matar (A Time to Kill, 1996) forman un triplete de entrañables psicópatas más acordes con su personalidad.
Cosa común en los grandes benefactores de la Maldad en sus años crepusculares, Kiefer Sutherland se ha dedicado en los últimos años a trabajar para el sector público. Su papel de Jack Bauer en la serie 24 puede llevar (erróneamente) a muchos jóvenes a creer que la vida del que otrora fuera el más vulgar y pendenciero de los vampiros, un actor de serie B venido a más, una “mala semilla”, estuvo siempre ligada a la justicia. Nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que en los tiempos que corren, el destino natural de adorables monstruos como Kiefer está en el terreno nebuloso de las figuras del orden, y aunque ahora lo identifiquemos en el lado de los “buenos”, corriendo de un lado para otro con la pistola en una mano y el móvil en la otra, sigue siendo el mismo bastardo que siempre hemos conocido. Cuando Kiefer coge una sierra de mano y le corta la cabeza a un narcotraficante, cuando mata, cuando tortura, cuando pone en peligro la vida de sus seres queridos, no lo hace por el Gobierno de los Estados Unidos; lo hace por él, y sobre todo, lo hace por tí y por mí.
Como decía aquella frase inmortal: es un hijo de puta, sí, pero es nuestro hijo de puta.

martes, 4 de agosto de 2009

El Ocaso de los Idolos : Ethan Hawke


Te pierde esa timidez tuya, esa cara de no haber roto un plato, ese aura de angelito que cultivas con esmero. En los veinte de acuerdo, sirve. Para emborrachar a Winona, sirve. Para decorar las carpetas de las adolescentes virginales, sirve. Pero es que ya estás a punto de cumplir 40 Ethan. ¿Qué te pasa, vale? ¿No piensas crecer? Dejaste escapar a una diosa y eso es algo que no podrás olvidar ni con todos los amaneceres parisinos juntos. La Delpy es bella, sí, pero no es una diosa, ni siquiera un angelito. Canta en francés, como la Bruni, pero no es lo mismo. Estabas en el paraíso y te pudieron los celos. Recuerda lo que te costó conquistarla. Dos veces te negaron, como San Pedro a Jesús, y ahí, por fin, te destacaste. Mejor no nos cuentes cómo fue. No entremos en detalles sórdidos. La dejaste preñada, sí, y bueno, tú eres de los que crees que ésa es la única manera de tener a una mujer ¡Te casaste de penalty! ¿acaso quieres parecerte a Beckham? Quedaban bien en la foto, Uma y Ethan, Ethan y Uma, nombres cool, étnicos, multi-culti, a la última vamos. Ella disimulaba su altura y tú de puntillas sacando pecho, como si no supiéramos que es más alta que tú... Demasiada mujer para ti. No te preguntes si te traicionó con Tarantino, pregúntate cuándo harás una película como Kill Bill. Más nada. Esa del diablo no está mal y además un polvo con Marisa Tomei bien vale una tarde en un centro comercial pero coño, ¡te enamoraste de la niñera! Sí, ya sé que hacer de Hamlet trastoca a cualquiera. Lo sabemos, ¿pero tenías que preñar a la niñera también? Ethan, escúchame, llama a Uma y pídele perdón. No servirá de nada, ella ahora anda en su vaporetto-lifestyle, con millonarios y limousines, pero por lo menos te sentirás mejor. Y deja a la niñera, coño, búscate otra rubia (no vale con Scarlett) y rueda una película en Barcelona. Tortilla Bytes, la puedes llamar, la película de la generación guiri. Luego hablamos.

lunes, 3 de agosto de 2009

Tu Amor Es Un Iceberg. Yo el Titanic.


Leí en la prensa que las oleadas de frío eran severas en Londres. Deseé con vesania que estuvieses padeciéndolas. Fue genuino. Abrigué -sorprendido de mí mismo- este deseo. No creo que me hayas deseado mal nunca. Pero es sólo eso, una creencia. Supe que vivías en Inglaterra porque una de esas amistades en común (que no encuentra entre las cortesías y bondades que se le pueden decir a alguien luego de un tiempo considerable sin verse, nada alegre, porque la vida la han desperdiciado entre peluquerías y fiestas), me dio cuenta de ti. No respondí. Por momentos tuve ganas de decirle que el paréntesis que se abrió luego de nuestra separación -si puede ser de alguien lo que en concreto deja de ser- me llevó a conocer personas en toda América; pero me detuve. No tenemos por qué saber de nosotros cuando ya todo es sabido. El paréntesis no se ha cerrado aún. Y en Londres quizá no hace tanto frío como desearía.

Le contaba a una de esas personas que creemos conocer cuando viajamos, y nos sentimos cómodos porque sabemos que no volveremos a conversar en un tiempo, que debes estar feliz viviendo en un lugar donde las estaciones -las cuatro- te permiten ir de compras y cuidar tu closet todo el año. Ahora sí que se justifican las visitas al mall; extraño verte tras bastidores llevando a cabo aquellos striptease improvisados en cada local en el que te probabas pantalones, blusas, faldas, y yo intentaba verte a través de cualquier resquicio de los que disponía mientras te cuidaba el bolso o la cartera. ¡Cómo echo de menos verte los pies por debajo de los probadores aun cuando sabía que luego nos iríamos a la habitación de un hotel y desnuda te probarías todo de nuevo! Cuando me toca comprar ropa, cada tienda es un recordatorio. Deberían tener barras en estos locales. Yo nunca fui un hombre que le molestara acompañarte a comprar ropa, lo disfrutaba tanto o más que tú, bien lo sabes. Ya todo es sabido.

El pudo ser ya me atormenta lo suficiente como para saber de ti lo que nunca podré cambiar. Prefiero hacer uso de la amarga imaginación y recordar lo que no fue como si hubiese sido. Ya no recuerdo con tanta cercanía lo que hicimos juntos sino que recuerdo con nostalgia lo que creí vivir contigo desde que partiste. Maldigo cada noticia que me llega de ti. Nadie puede sentir el escozor que enmudece a mi voluntad cuando desde el más auténtico impulso de maldad me dan cuenta de ti. Al dolor por tu abandono le debo mi ausencia en cuanta comunidad electrónica pulula en la red; gracias a ti me salvé del Hi5, del Facebook, y del Messenger. Autoexiliado del mundo virtual puedo recordarte con el melifluo regodeo de quienes conversamos sólo cuando sabemos que podemos aprender algo. El día que haga click, te derrumbarás y veré cómo se te ha ido la vida entre peluquerías y fiestas, y el recuerdo tan dulce, glamoroso, melancólico, como si fuese un relato de Scott Fitzgerald, se irá en bits de estupidez y exhibición vulgar. Y lo nuestro no fue vulgar. La memoria no debería ser vulgar.

Leí en la prensa que las oleadas de frío eran severas en Londres. Ojalá estés abrigada. Yo ya me he ido acostumbrando.

sábado, 1 de agosto de 2009

El Ocaso de los Idolos : Gwyneth Palthrow


Tracy, no le dijiste que estabas embarazada, al contrario, se lo contaste a Sommerset. Él sabía de tu soledad, de tu dolor, de tu horror: cómo traer a alguien a un mundo tan horrible como este? Y nada, me liquidaste cuando decidiste tenerlo, entre lágrimas, cuando Sommerset te dijo que debías darle todo el amor del mundo.

Porque yo sé que estabas llena de amor. Lo sé. Por eso, John Doe te mató y mandó tu cabeza a ese lugar maldito, a ese desierto del siglo XXI con cables de alta tensión. Mills lo supo…tu cabeza estaba allí y Doe simplemente tenía envidia de no recibir amor. Y Mills lo perdió todo impartiendo justicia: es la paradoja de quien baila en filo del bien y el mal. Lo llenó de plomo y se lo llevaron…

Así Palthrow, conduces con tu cabello suave y rubio. Así nos llevas al infierno y no nos sueltas, como la madre buena que eres.

Como Sylvia. Y Daniel Craig era el infame Ted Hughes. Él se cansó de engañarte. Él nunca defendió tu poesía pues sabía que eras la walkyria de aquel país de cobardes. Tú cantaste “morir es un arte como todo lo demás / y yo lo hago extraordinariamente bien” pero no vivías dándote golpes de pecho ni cortándote las venas.

No, Sylvia, tú veías la playa y el mar que se alejaba a tus pies. Cuando sentiste en tu vientre la vida, sabías que morirías pronto. Pero fue Hughes quien te mató. No puedes mentirle a tu amor de esa manera.

Por eso, y gracias te damos los hijos que ahora somos hombres, por dejar unos sandwichs y unos vasos de leche, antes de suicidarte con el gas del horno.

Shakespeare se enamoró de ti. No es obvio? Tu mar rubio, tus ojos verdes, esa manera que tienes de actuar, Gwyneth. Esa manera de olvidarte de ti misma y entregarte a la ficción, a esta autopista que no lleva a ninguna parte.

Juegas en el Globe Teatre. Juegas a Julieta. En el fondo, amas. En el fondo, no haces como las actrices del montón, que fingen. No, tú estabas enamorada. Totalmente. Y lástima que ni la reina podía mandar a la mierda ese maldito matrimonio.

Aunque te encontrarías luego con Shakespeare. En una isla desierta. Un paraíso. Hundidos quedaron tus esclavistas. Caminas, te adentras en la playa, sabes que encontrarás, sabes que ya ganaste.

Mr Ripley es un ser perverso. Es un copycat. Yo te entiendo, pero no podías hacer nada, sino ser la novia tonta que persigue a su novio por toda Europa y lo persigue, porque sabe que deben estar juntos. Y claro, tu novio se deja perseguir. No quiere perderte; pero es complicado: al otro lado del Atlántico le espera un trabajo donde no va a trabajar y mucho dinero, que no va a disfrutar.

Pero no, Mr. Ripley cambia los planes. Lo libera con perversidad y crimen y luego el quiere asumir tal cárcel. Como eres una diosa, te das cuenta, y gracias a la pistola, y tus lágrimas, impartes la justicia de los duros.

Sí, bueno, Amor ciego. Es chévere, porque cuando uno se enamora tiende a embellecer a quien uno ama. En mi caso, hubiera preferido enamorarme de ti, siendo una obesa de 200 kilos; pero viéndote tal como eres, como una alucinación. Ya tu sabes que yo no escucho a nadie. Y sigo. Sólo que de las que me enamoro tienen males peores que esos kilos de más. Claro que el amor es ciego, pero es feliz, como irse en el carro y que nada más importe.

The anniversary party. Esta peli es una joya. Una peli digital, pionera en ese método y no debió ser fácil para ti medírtele a Jennifer Jason Leigh. Eras la actriz tonta que gana millones y no entiende lo que pasa. Jennifer, al contrario, está clarita como el agua.

Pero claro, no te diste cuenta de que su esposo estaba en Inglaterra y que llegó justo a la fiesta de aniversario. Y sí, te escogieron para el papel que la esposa había forjado y todo el mundo piensa otra cosa, y tu apareces con E y nada, a tripear y a decirse las vainas como son. De resto, te estamos agradecidos, pues así deberían ser las fiestas.

The Tennenbaums. Yo te comprendo, hacer teatro es una mierda. Comprendo a tu hermano, el tenis quiebra los nervios y los tendones. Por eso, comprendo que abandonaran sus carreras justo cuando iban a conquistar la cima. Claro, eso pasa cuando tus bases no son sólidas, y para la mayoría, esas bases se forman en la familia.

Y en el caso de Uds., el viejo Tennenbaum se fue, se divorció de tu madre y se fue a buscar nueva vida. Quién carajo dijo que eso se vale? Nueva vida? Acaso ésta es tan asquerosa? Acaso la que viene no es igual o peor? Bah… por eso, los divorcios son tan jodedores. La gente crece dividida, cortada y joden sus vidas. Les falta algo, confianza, identidad, amor propio. Muchas cosas. Al menos, la muerte arregló todo. Tú estrenaste tu obra y tu hermano se cubrió de trofeos. La dinastía continúo.

Oh, Diosa! Quién eres? Hubieras sido lo que eres si tu padrino no hubiera sido Steven Spielberg? Acaso no es una necedad pensar que una mujer como tú es la perdición de los hombres? Rubia, de mirada profunda. Escogiste siempre ser la heroína inocente, llena de buen corazón y frágil como ninguna. Eso te dio el poder. Una chica, alegre, sencilla y dulce. Así los matas. Así les ganas a todas esas actrices que quieren ser las más malas del barrio y más sexys que las porno divas. Tú no vas pendiente de eso.

Oh gracias, Gwyneth, Diosa de la familia. Gracias por proteger las bases del mundo, gracias por tu cabello y tus ojos verdes. Gracias por tu amor. Gracias por ser la madre de nuestra hermosa familia indie.

Chief Editor : Ocaso de los ídolos


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2021 Pura Ficción

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Hace poco, en una tarde de ocio miré sin mucho interés Antes del Amanecer. Como saben, esta es la segunda parte de aquella crepuscular y ligera historia de amor mochilero que protagoniza Julie Delpy junto a Ethan Hawke. La peli tiene algunos años de haber salido, pero mi sorpresa fue mirar en detalle el avanzado envejecimiento del que padece Ethan en el film. Luego miré en prensa que a Penélope Cruz le hicieron una retrospectiva en Londres. Llamé a mi hermana, y sin alarmas me dijo que ya era hora, pues si no me recordaba yo tenia 30 años de edad. Es decir, soy un viejo. Ergo, mis actores favoritos tambien. El ocaso de los dioses.

Pero ¿qué sucedio para que no nos enteráramos que Brad Pitt es viejo? ¿Acaso la industria olvido a sus mejores hijos?. En los setenta De Niro y Pacino, entonces casi cuarentones hicieron sus mejores papeles, pero -al margen de ciertos monstruos como Cruise- ¿dónde están los Cañones de Navarone de Matt Damon?. Vivimos en la época en que Robert De Niro hace comedias familiares usando -sin pudores- pañales contra la incontinencia, y donde Sean Penn tiene que hacer de lider gay de lo politicamente correcto para ganarse un Oscar. Luego de veinte años de carrera las figuras que miramos en la pantalla comienzan a llegar a su crepúsculo, casi de la misma forma en que aparecieron: fundidos a negro.

Todos comenzaron siendo indies -salvo los obvios- y terminaran siendo de culto. Pero ¿alguna vez fueron estrellas?.

No les propongo resolver el acertijo, ni siquiera plantearlo. Solo revisemos y celebremos a nuestros dioses cercanos. Los que alguna vez fueron como nosotros, y ahora serán como todos. Una retrospectiva.

2021pf les invita a seleccionar su actor-emblema de los últimos veinte años y realizar un perfil, homenaje, diatriba, o apología del mismo en dos cuartillas. Los 90s fueron casi veinte años, y ahora llegan a su fin.



Un cordial saludo.


La Redacción.





* Ethan Hawke
* Vincent Gallo
* Jack Black
* Wynona Rider
* Tom Cruise
* Brad Pitt
* Benicio del Toro
* Christian Bale
* Penelope Cruz
* Scarlett Johansson
* Naomi Watts
* Leonardo DiCaprio
* Benicio Del Toro
* Matt Damon
* Kirsten Dunst
* Salma Hayek
* Jude Law
* Gwyneth Paltrow
* Katie Holmes
* Heath Ledger
* Jake Gillenhall
* Maggie Gillenhall
* Owen Wilson
* Christina Ricci
* Elijah Wood
* Natalie Portmann
* Edward Norton



PD1: Por razones obvias Vincent Gallo será hecho por Ar78q. Así que favor barajar otras opciones.
PD2: Una semana es suficiente para escribir 2 cuartillas.
PD3: Los argentinos, siempre enamorados de estrellas opacas nos dejan -si les quitamos pátinas setenteras- estos interesantes modelos.
  1. http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3868-2007-06-15.html
  2. http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/6-787-2003-06-15.html
  3. http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2796-2006-02-05.html

Buena suerte.

miércoles, 29 de julio de 2009

El Arte de Desaparecer : Kafka


"Me llamo Art Garfunkel Vidal, y soy escritor. Me acaban de llamar de Babelia, el célebre suplemento literario de El País, más célebre el periódico, obviamente, que el suplemento, para que escriba un artículo largo sobre Franz Kafka con motivo de la aparición de varios libros sobre el autor de La metamorfosis. Hay que decir enseguida que La metamorfosis es el libro menor de Kafka, y como menor, su libro más famoso. No soy especialista en Kafka, ¿por qué me llaman a mí entonces de tan prestigioso suplemento? Ja, ja. Siempre que me mentan a Kafka, yo mento a Max Brod, su amigo íntimo. Tal vez por eso me llaman: porque soy especialista en Max Brod; soy un especialista emocional en Max Brod. Siendo especialista en Max Brod, es más fácil que te llamen cuando se prepara algo sobre Kafka que si eres especialista en Kafka. Son muchos los escritores y críticos literarios que desautorizan al hombre que se erigió en heredero del legado de Kafka, el ya polémico Max Brod. Lo que se dice de Brod es más o menos lo siguiente: que dio una imagen interesada y subjetiva de su amigo y de su literatura, que no entendió bien la forma de trabajar del autor de El Castillo y que metió la mano en esa vorágine indefinida e ilimitada de los manuscritos de Kafka. En realidad, de Brod se dice de todo. El escritor Milan Kundera lo motejó de remilgado. Ahora el filólogo alemán Reiner Stach ha emprendido una cruzada para “desbrodizar” a Franz Kafka.

Franz Kafka es quizá el escritor más importante del siglo XX, el más influyente y el más original. Kafka es un monarca absolutista de la literatura, un emperador. Sólo que Kafka no fue Kafka mientras Kafka estuvo vivo. Esa es la mayor originalidad de todo este entramado que nos conduce a los arrabales más contingentes y siniestros del arte contemporáneo, y es allí donde Art Garfunkel Vidal, es decir, yo mismo, tiene su pequeño campo de concentración ideológica, es allí, en ese punto, cuando los servicios intelectuales de Art Garfunkel son imprescindibles. Kafka representa la ascética del siglo XX, y la mística. Kafka no fue nunca un escritor tal y como hoy lo entendemos. Ni concedía entrevistas ni le agobiaban los editores para que entregase un nuevo libro. Ni daba conferencias ni fallaba premios ni le daban premios. Ni le llamaban los periodistas ni le invitaban los políticos ni opinaba en la prensa. Ni reseñaban elogiosamente sus libros o no elogiosamente, porque no había libros que reseñar. Ni siquiera hablaban mal de él, porque nadie sabía que existía. Lo único que hacía Kafka era quedar a comer con su amigo Max Brod, de quien yo soy especialista. Lo único que hacía Kafka era hablar con Brod. A Kafka la literatura profesional le traía sin cuidado. Eso se lo dejaba a Thomas Mann y a todos los demás. Todos los demás que somos ahora todos nosotros. Nosotros, los lectores y los escritores de hoy.

Kafka es el luto. Pero también es un luto cómico, y es la gran comedia del viejo pleito entre los hombres y los dioses. Los devotos de Kafka lo leemos con la admiración más grande de la que somos capaces. Yo siempre supe que Kafka era otra cosa. Kafka jugaba al tenis, acudía a los prostíbulos y tenía una moto. La moto de Kafka, sin duda, sería digna de figurar en un futuro museo del praguense universal. “Esta es la moto de Kafka, la moto con la que Kafka cruzaba Praga como una exhalación metafísica, deportiva, judaizante”, es lo que bien podría decir el pie de la foto del catálogo de esa fantástica exposición. ¿Usaba la moto para llegar antes al prostíbulo o a la Compañía de Seguros en la que trabajaba? Kafka subido en una moto es una greguería kafkiana. El Kafka de la moto se parece poco al Kafka torturado de la habitual iconografía del autor de La transformación. Ahora hay que llamar así a La metamorfosis. Como América ha pasado a llamarse El desaparecido. Es más bonito el título de “América” que el de “El desaparecido”, dicho sea de paso. ¿Qué pensaba Brod de la moto de Kafka?

Pero pobre Brod, qué injusta es la gente con quien está permitido ser injusto, y con Brod ya lo está. Kafka (“ah, sí, un amigo de Max”, decía la gente) era un don nadie, una especie de loco incomprensible que escribía por las tardes sin orden ni concierto, entregado a la máquina pesada de una soledad enferma y castigadora. Un loco motorista, esa es en todo caso la novedad. Un loco más, entre miles de motoristas que escribían por las tardes durante las dos primeras décadas del siglo XX en ciudades tristes y aún silenciosas del centro de Europa y que empleaban la moto para llegar con prontitud al prostíbulo o a la pista de tenis. Largas horas de las tardes junto al Moldava entregadas a una escritura inútil. Fue Brod, su amigo, su otro yo, quien lo sacó de ese dorado infierno en que ardía sin sentido. Brod, de quien yo soy especialista, y Kafka, de quien no soy especialista, simbolizan la amistad de más trasfondo alquímico de la historia de la literatura. Porque más que amistad lo que hubo entre ellos fue una metamorfosis. En realidad, los dos son uno solo. Dos judíos en la Praga de principios de siglo, entregados a las duras especulaciones sobre la condición humana. Porque fue Brod el que, antes que Kafka, se dio cuenta de quién era su amigo. A Brod le apeteció que Kafka fuese Kafka. Yo, en su piel, quizá hubiera quemado El Castillo. No se me ocurre un castigo mejor para la raza humana que privarla de un espejo firme. Imagínense ustedes, una tarde de invierno de 1924 (Kafka había muerto en junio), el ocioso Brod está mirando el fuego de la chimenea y dice “a ver qué tal arden estos ilegibles quinientos folios tan amarillos y así me ahorro un poco de leña, que ha subido mucho últimamente”. Kafka nunca supo que era Kafka. Esto parecen olvidarlo casi todos, casi todos los kafkianos que tantas pegas y desdenes infligen al pobre Brod. Pero, quién era Kafka sino lo que Brod imaginó que Kafka sería. Que Brod (de quien yo soy especialista) fuese celoso de Kafka era lo normal. Pues Kafka fue la gran novela de Max Brod, y díganme ustedes qué novelista no es celoso de su obra. Por tanto, si eres especialista en Brod, como es mi caso, aunque sea una especialización moral, acabas siendo más especialista en Kafka que los especialistas en Kafka al uso, porque eres especialista en Kafka antes de que Kafka fuera Kafka. Por eso me llaman de Babelia, claro. Ellos saben esto. Pero no sólo me llaman de Babelia, pues tengo al teléfono ahora mismo a los de El Cultural, pidiéndome por favor 3000 caracteres con espacios sobre Kafka antes de Kafka. Y pronto llamarán del ABC. Brod me ilumina.

Cualquier hombre culto de los años veinte (editores, escritores, intelectuales) hubiera pensado lo que cualquiera pensaría hoy de encontrarse con manuscritos que narran pesadamente fábulas incomprensibles, absurdas: un loco más, otro chiflado en pos de la trascendencia de sí mismo. Un escritor más que llama a la puerta de un editor, de un periódico, de una revista. Sin embargo, Brod no pensó así. Todos los kafkianos hostiles a Brod son, en el fondo, una cuadra de hipócritas desmirriados, a quienes cada vez llamarán menos de Babelia, y de todas partes. Porque ¿qué hubieran hecho ellos ante esos manuscritos ilegibles, dejados a la muerte de un don nadie quejumbroso, oscuro y engominadamente tuberculoso? Ni los hubieran leído. Como mucho, los hubieran guardado unas semanas, y luego los hubieran devuelto a los padres del finado, para que éstos finalmente los tirasen a la basura el día de la limpieza semestral o anual. Patas arriba la casa, qué hacemos con las cosas del difunto Franz, tal vez haya llegado el momento de quemar estas cosas. Antes, las páginas escritas se quemaban. Hoy, se tiran a los contenedores. El mundo está lleno de manuscritos que van y vienen. Lo saben bien los editores, que tienen sus casas llenas de árboles impresos. Pero, dios mío, ¿por qué estos manuscritos sí, y aquellos otros, con millones de hojas escritas, no? Preguntádselo a Brod. Él fue quien decidió que aquello era Kafka antes de que existiese Kafka. Él fue el primero que lo vio y lo entendió. Él era más Kafka que Kafka. Él, Brod (de quien yo soy especialista), y sólo Brod, lo supo, y lo sigue sabiendo, allá en las alturas donde los judíos buscan el soplo que creó este mundo, este mundo deshabitado de todo soplo divino."

De Manuel Vilas, en España.

martes, 28 de julio de 2009

Previamente en 2021pf...


querido:
Al fin pude ocuparme de las fotos de la Bienal. Imagínate: tomé más de 1200. Del archivo que titulé "platanus" te las envío todas (reducidas en tamaño, claro está). Puedes hacer con ellas lo que te plazca, y si las publicas o posteas, por favor recuerda los créditos. Pues ya lo decidí de manera irrevocable: en la próxima Bienal dejaré de ser Presidente, agente de viajes, agente de cambio de divisas, jefe de la oficina de quejas y reclamos, redactor de notas de prensa y guachimán para dedicarme sólo a fotografiar chicas, chicos, viejitos y egos congelados en un rictus mortal.
Tu bella chica merece una sesión especial.
Un super abrazo platanero

lunes, 27 de julio de 2009

Naked Maracay


¿Quién no ha tenido el bello e impostor impulso de sentarse a la mesa y comerse un almuerzo, sin nada de ropa?

Te acuerdas, Angélica? Te acuerdas Mónica? Angie, cierto que fue demasiado divertido?

Sin embargo, tanta exposición a las drogas termina siendo una agotadora trampa donde todo termina confundiéndose, como Alejandro, a quien descubrí follándose a Mónica, lo cual suscitó que me intoxicara con vodka.

Era días buenos, eran días malos, Andreína no dejaba de traer coca, que sustituí por el vodka. Días buenos: descubrí que todos eran unas cucarachas mandadas por la CIA. Días malos: Mónica quería matarme.

Resulta que Lee consigue a su esposa con un escritor amigo suyo. Descubre que la traición & decepción están en todas partes.

Tánger es un lugar de esos perfectos para los escritores, como una habitación de hotel. Allí los insectos no pueden ser otra cosa sino los enviados de Pazuzu.

Allí la arena es la medida de todos los miedos y la maquina de escribir no para y no debe hacerlo, a menos que se decida apelar a la delicadeza.

Cuando Burroughs escribió Almuerzo Desnudo debió recordar las largas sesiones de drogas con Cassady, Ginsberg, Kerouac & Friends. Simplemente debió olvidar el momento donde uno pasa el interruptor y queda en ese coma caprichoso donde uno decide que el mundo puede seguir su rumbo; nosotros, no.

Estados terminales donde uno decide que hablar no es más que un acto terrorista de contaminación masiva de los ambientes urbanos. Virus, virus. El lenguaje es virus.

Una labia es infectar a las jevas para que de pronto se sientan necesitadas de ti. Todo virus tiene la acción de reproducirse así mismo. Escribir es un acto viral donde todo es consumido para ver crecer el lenguaje que se ha inventado y que al final se le pone un nombre de mierda y ya, dices que escribiste un libro.

Si uno evita dormirse, se da cuenta de que hay muchos impostores por allí. Un ejército de cucarachas metiéndose en todas partes. Como somos pocos, trabajamos separados y con objetivos independientes. A veces, las cucarachas se dan cuenta de lo que hacemos y logran infiltrarse.

A veces, es preciso tener el corazón frío. A veces es preciso ponerle a la jeva un vaso en la cabeza y disparar, pensando en que le pegarás al vaso, pero apuntando en todo el medio de la frente.

A veces, hay que hacer eso dos veces, hasta tres. Lee, lo tuvo que hacer dos veces, una para hacer su trabajo y la segunda para salir del infierno.

Según Burroughs, lamenta haber matado a su esposa, jugando Guillermo Tell. Tal vez sea verdad, pero de todas maneras lo hizo. Y esa mujer se sabía culpable de algo y se puso el vaso en la cabeza y con el corazón a mil, esperando el momento en que le volaran los sesos.

“ella usó mi cabeza como un revólver” Mónica me intentó disparar pero no supo que yo le había sacado las balas al Smith and Wesson .38. Al llegar mi turno, no se dio cuenta cuando se las puse y disparé, sólo que desvié lo suficiente mi puntería como para dejar una marca en la pared y un charco de orine debajo de las piernas de ella. No tengo el corazón tan frío, amigos.

Nunca más la volví a ver.

Con Andreína fue más sencillo. Yo le dije que me iba a los llanos. A escribir y trabajar en el fundo. Aquel techo de los palos grandes era una frontera, definido claramente en una cornisa donde estábamos caminando. Ella pensaba que me iba a lanzar y cuando se dio cuenta de que ella era la que iba a caer, me empujó y casi caemos al vacío los dos.

Cuando tomé su mano y me lancé hacia delante, ella se lanzó con pánico inusitado hacia atrás. Sus ojos desorbitados se aferraron a la vida. Ese fue mi segundo disparo.

Nunca más la volví a ver.

Uno debe volverse inmune al aburrimiento o si no termina… bah, todo esto es un ejercicio de dandys anacoretas. Se supone que la gente se somete a la cárcel social, es como debe ser.

Uno sólo trabaja para moverlo todo, el problema es que ese todo es más feliz si no se mueve. Para que el cerebro se despierte, es preciso quemarle un montón de neuronas con bastante coca, o lo que sea, de aquí en adelante es a gusto del consumidor.

Guste o no, el crimen y la trasgresión son el fluido que entra en la sangre y reanima la vida. Es la única fuerza capaz de sacar al mundo del Parkinson global en que se encuentra.

En donde hay drogas, hay conciertos, artes, recitales, teatro y buena onda. Donde hay prostitución hay empresas. Donde hay robos hay buenas urbanizaciones. Donde hay chicos que almuerzan desnudos hay diversión y pura ficción.

Escribir, escribir. Ellas están muertas, yo cumplido con mi parte y he pasado la frontera. Todas eran las mismas, eran doppelgangers, por eso están muertas.

El aburrimiento no es posible, uno siempre logra activarse. Sea como sea, cueste lo que cueste.

Inhalo, mi corazón es un iceberg.

jueves, 23 de julio de 2009

Product Placement : Complot Mag n83


Todo escritor es un lector. Un lector frustrado. Alguien que habiendo entendido el poder una lectura –acto único, íntimo, irrepetible, e intransferible- tiene la imperiosa necesidad de reproducir ese instante. Allí comienza un péndulo perverso y fascinante, que es al mismo tiempo una carrera interminable dentro de una página. Y es también un compromiso irreversible. A mi modo de verse, todo esto es una devoción. Escribir es solo un oficio, hacer literatura es un sacerdocio. Un compromiso propio de un dandy anacoreta. La literatura requiere de una entrega a la autoelaboración y a un desapego militante. Es un oficio secreto y anónimo. Como la lectura misma. Así como el blog de una redacción que nada redacta, que todo lo compila. Un continuo pick up de piezas aparentemente inconexas, o de puntos de fuga que no llegan a nada. 2021pf.blogspot.com. Un blog de una revista de lecturas, devenido a bitácora anónima de textos, obsesiones, reiteraciones, y covers de otros textos. Entonces. Un lector satisfecho, poco interesado en la ansiedad de las publicaciones, armaría un blog parecido, y tomaría un oficio mucho más entretenido y trepidante en esa autopista que conduce a ninguna parte. Nuestro lector elegiría ser Post productor: un dj de la literatura. Pura Ficción.

lunes, 20 de julio de 2009

La Viajera Fantasma : Diario de Motocicleta

(Welcome Poison_Ivy)

Mi salvador motorizado sortea toda clase de obstáculos: maneja sobre las aceras tocando corneta a los peatones, maneja en contravía esperando que los carros se aparten, pasa a través de autolavados, plazas y terrenos valdíos con tal de evitar este puto tráfico infernal (Y juro que ésta no es la parte de la historia que inventé).

Me siento como en un capítulo (de los buenos) de RealTV, me imagino que hay un helicóptero encima de nosotros esperando a que cometamos el primer error... pero para atracarnos y quitarnos la maleta (deben pensar que es de Coca).

Sí, seguro que en Barbarie ya los malandros tienen helicóptero. No tengo duda.

Esta vez la anarquía de Barbarie está de mi lado. Llego a tiempo a la cita con mi compañero escapista. Éste tiene algo en particular: entra y sale de Barbarie cuantas veces quiere. Es inmune a la gravedad exponencial de su campo magnético. Quiero ser como él y no sentir que huyo de, sino que visito a Barbarie.

No soy la única, en el aeropuerto miles hacen la fila para huir de Barbarie. Y es que a pesar de la anarquía, los barbareños han sido adiestrados como perros para hacer colas kilométricas. La técnica de entrenamiento fue la de Pavlov. Cualquiera que vea una cola de más de diez personas empieza a babear y no aguanta la tentación de pararse al final.

El adiestramiento empieza temprano, en el jardín de infancia, en donde vas a todos lados oliéndole el culo a uno más pequeño que tú... y durante toda tu edad escolar se repite. Catorce años de adiestramiento son suficientes para que más tarde no sea más que un reflejo: tres horas de cola para comprar la leche, cuatro para llegar a casa si llueve, ocho para votar en contra del Mr. Barbarie, tres días para tener pasaporte y poder finalmente huir de Barbarie... y todo para qué... para terminar con seis horas más de cola en el check in, migración, aduana y abordaje y de nuevo desabordaje, migración y aduana, no sé siquiera en donde, pero al menos no en Barbarie.